miércoles, 20 de abril de 2011

Crónica del viaje a Puerto Rico. Día 4, jueves 24 de marzo.

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Las lecturas matutinas de nuestro grupo se realizaron en la Universidad de Puerto Rico recinto Bayamón. Aclaro ahora que todos los poetas fuimos divididos en grupos que darían lecturas y charlas a lo largo de toda la isla. La célula poética ese día la conformamos los poetas Jesús Bárquet, Frank Báez, Robert Max Steenkist y yo. La interacción con los estudiantes universitarios fue intensa, ahora mismo algunos de ellos me enviaron una muestra de su obra literaria para Meretrices.


De regreso al hostal pues el mismo grupo ofrecería una lectura en el patio de la universidad dentro de los Jueves Literarios. Uno de los momentos más sensibles de esa tarde fue cuando un caballero se acercó a mí sosteniendo un sobre cerrado, en la cubierta se leía: “Para Mario Z Puglisi”. Me dijo mirandome a los ojos: “Poeta, quiero obsequiarle un poema que escribí tan sólo de escucharlo el día de la inauguración, me ha impactado y mi forma de agradecerle es con este poema. Por favor acéptelo”. Yo estaba poco más que sorprendido. Su nombre es Pedro J. Salicrup. Ahora le reitero mi amistad y agradecimiento. Al terminar la lectura de la tarde nos fuimos Robert Max Steenkist y yo a casa de Luis Estrada, donde nos ofreció una cena que sigo agradeciendo, mofongo con bacalao y vino tinto para acompañar. Hablamos, acompañados de su gentil esposa y sus dos hijos, sobre la cultura en Puerto Rico y la necesidad de mucha gente de terminar con el anexionismo norteamericano y alcanzar un país libre y soberano. Por último regresamos a un lugar en San Juan llamado El Boricua donde nos esperaban el resto de los poetas. Tras el baile, las cervezas Medalla, y los chichaitos (una bebida muy consumida por los universitarios puertorriqueños que consiste en una parte de ron blanco y una parte de licor de anís) me regresé al hostal junto a la poeta hondureña Waldina Mejía y una de nuestras coordinadoras Judy García Allende. Allí terminaba la noche para mí.





Con el poeta cubano Jesús Bárquet en la universidad de Bayamón.
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Lectura en la Universidad de Puerto Rico, campus Bayamón. -





La poeta puertorriqueña Etnairis Rivera.




Vilma Reyes, presidenta del festival.


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Lectura en el patio de la Universidad Interamericana de Puerto Rico.


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Lectura de El Impulso de Tocarlo Todo.


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Con Luis Estrada y Robert Max Steenkist, en la Universidad Interamericana de Puerto Rico.






Una gran cruz nocturna.


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Reunidos los poetas en el bar El Boricua.


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Las Medallas, cerveza nacional de Puerto Rico.


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Los tradicionales chichaítos, mezcla de ron y licor de anís.-



Crónica del viaje a Puerto Rico. Día 5, viernes 25 de marzo.




El viernes comenzó temprano para los poetas internacionales. Salió nuestro grupo hacia un municipio conurbado de San Juan llamado Toa Baja, las lecturas se llevarían a cabo en el Teatro Julita Ross, alternamos Robert Max Steenkist, Frank Báez y yo con algunos poetas locales de muy buena calidad. Después nos ofrecieron un nutrido desayuno. Regresamos al hostal a tomar un bañador y algunas toallas pues antes de la lectura de la tarde haríamos parada en una de las más impresionantes playas de la isla: la Mar Chiquita. En el transporte de la universidad que nos dejaría en la playa íbamos Robert Max Steenkist, Judy García Allende, nuestra querida Linda Rosa y en un auto aparte iban el poeta Frank Báez y nuestra amiga Quetchandribel. La Mar Chiquita es una formación de coral fosilizado que deja entrar una especie de abanico de agua de mar a una playa de arena fina y un fondo marino de piedra. Tan pronto llegamos y nos armamos de una buena dosis de Medallas (la cerveza nacional de Puerto Rico) nos dispusimos a entrar al mar. El día nos tenía preparada una sorpresa: apenas entramos al mar comenzó una lluvia que ya no nos abandonaría hasta en la noche. Aún así pasamos toda la tarde al abrigo del mar, salimos a comer unos pinchos (brochetas de carne) que vendían algunos locales en la playa y como el transporte no llegaba por nosotros nos montamos apretados en el auto de Quetchandribel recién salidos del mar y nos fuimos hacia la llamada Atenas de Puerto Rico, el tradicional pueblo de Manatí (llamado así porque una vez al año llegan a sus playas los manatís a reproducirse).



En Manatí, la directora del hermosísimo Teatro Taboa nos permitió usar las instalaciones del teatro para bañarnos y cambiarnos. Como toda la ropa estaba mojada por la lluvia tuvimos que salir a comprar unas playeras que orgullosamente portaban la bandera de Puerto Rico. Después nos llevaron a comer algo y asistir a la lectura de la tarde que se hacía en nuestro honor. La cita fue en el Centro Cultural José S. Alegría de Manatí. Leyeron algunos poetas locales que son conocidos en todo el país pues le tienen mucho respeto a Manatí. Tocó nuestro turno. El regreso al hostal, ya de noche estuvo tranquilo. Terminaba un viernes intenso.






Niños recitando en el Teatro Julita Ross, en Toa Baja.
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Compartiendo un rico pincho.
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La Mar Chiquita en Manatí.
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Recién salidos del mar, Robert Max Steenkist y yo.
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Tres poetas en el teatro Taboas, de Manatí.
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Robert Max Steenkist, de Colombia.
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Frank Báez, de República Dominicana.
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Leyendo en el Atenas de Puerto Rico: el pueblo de Manatí.
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Nos engalanó este matrimonio de músicos.



Crónica del viaje a Puerto Rico. Día 6, sábado 26 de marzo.

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Llegaba el día de la clausura. Salimos alrededor de las 10 a.m., hacia uno de los extremos de la isla, al municipio de Mayagüez. El trayecto, que nos tomó poco más de cinco horas incluyó tres paradas, una en Arecibo para comprar unas cervecitas y estirar las piernas, otra en el mirador de Oaxataca, donde actualmente está la única bandera de Puerto Rico sola, sin la gringa, y venden botanas y artesanías; y la última ya en Mayagüez para comer. De allí nos instalaron en el Mayagüez Casino and Resort, donde nos dimos un baño rápido y nos fuimos a la plaza principal del pueblo donde se llevaría a cabo la clausura. Antes de ello nos ofrecieron una cena en la casa de cultura municipal acompañada de un excelente grupo de bomba tradicional y la entrega de los reconocimientos y regalos del municipio. Ya de noche, con la plaza principal abarrotada por la gente del pueblo que salía a escuchar atentos a los poetas internacionales, comenzamos el evento de clausura. Leyeron todos los poetas extranjeros alternando con algunos locales, en los intermedios había música de bolero y el grupo de bomba tradicional (una música isleña con evidentes tintes africanos). Se recitó, se bailó y se conversó en esa noche.


Salvador Medina Barahona, de Panamá, leyó con marcadas pausas y sílabas prolongadas una poesía fuerte, digna del knock out a los asistentes; Frank Báez, de República Dominicana, leyó su tremenda poesía urbana, el ya clásico poema con su verso: con la mano arriba como queriendo alcanzar el aro, con la que levantó ráfagas de aplausos; Robert Max Steenkist, poeta colombiano, como ya era una tradición, después de quitarse el sombrero ante sus lectores nos compartió un poema escrito apenas en su estadía en la isla, sobre la experiencia puertorriqueña, los asistentes le brindaron abrazos al finalizar; Esteban Charpentier, de Argentina, nos recitó esa su poesía sin clases, comprometida con su tiempo, contundente. Los demás poetas hicieron lo propio, representaron a sus países y su pensamiento con toda la dignidad y orgullo que la clausura merecía. Sobresalía el grito de ¡Viva Puerto Rico Libre!


El Tercer Festival Internacional de Poesía de Puerto Rico llegaba a su fin. A nosotros nos esperaba un viaje de regreso. Esa noche nos reunimos a celebrar la palabra primero en un bar que estaba casi en frente del hotel. Cuando la mesera comenzó a recoger sillas y a decirnos que ya era hora de irse nos trasladamos junto a la alberca del hotel, no sin antes pasar unos minutos divertidísimos en el casino, para hacer un cadáver exquisito, un poema colectivo al que cada quien le iba improvisando un verso. Estábamos, de madrugada, los poetas José María Cotarelo, de España, Salvador Medina Barahona, de Panamá, Mario Z Puglisi, de México, Frank Báez, de Dominicana, Waldina Mejía, de Honduras, Vladimir Baiza, de El Salvador, Francisco Vaquero, de España, Linda Rosa, de Puerto Rico, Robert Max Steenkist, de Colombia, y Etnairis Rivera, de Puerto Rico. Allí nos alcanzó el amanecer.






En el camión rumbo a Mayagüez.
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Menú en Puerto Rico: alcapurrias y juguito de china (naranja).
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La bandera de Puerto Rico sola, ondeando.
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Con Esteban Charpentier, Frank Báez y Chema Cotarelo.
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Esta es en el mirador de Oaxataka.
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Camino a Mayagüez: 52 kilómetros.
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Con Saúl Ibargoyen y Mariluz Suárez.
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Alberca del Mayagüez Casino And Resort.
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El grupo tradicional de bomba y plena.
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Boricua junto al cartel del Festival Internacional de Poesía de Puerto Rico.
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Fachada de la municipalidad de Mayagüez.
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Custodio de la plaza principal.
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El poeta uruguayo Saúl Ibargoyen.
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La Plaza de Mayagüez abarrotada.
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En la lectura de clausura.
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Los poetas invitados al Festival.
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Robert Max Steenkist, mis espaldas, Linda Rosa, Frank Báez y Esteban Charpentier.
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Robert Max leyendo en un bar de la localidad.
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Con el poeta español Chema Cotarelo.
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Crónica del viaje a Puerto Rico. Día 7, domingo 27 de marzo.

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El regreso al hostal en San Juan fue más breve. Aunque la salida estaba programada para las 9 de la mañana algunos poetas pedimos estar un rato más para poder disfrutar del hotel, así que no salimos sino hasta el medio día. Llegamos a la capital a las 4 p.m., a un restaurante que nos brindaría el saludo y los alimentos, llamado El Gigante Dormido. La poeta Etnairis Rivera nos había convencido de ir directamente de la comida a las hermosas playas del Condado. Antes de salir hacia la playa me volví a reunir con el escritor Jaime Marzán, viajamos en su auto el poeta dominicano, el argentino y yo. Allá nos reunimos con el panameño, la hondureña, el colombiano y la hija de Etnairis, Gabriela. El mar del Caribe nos recibió con su azul intenso. Allí mismo nos separamos de Jaime, quien debía atender otros asuntos. Pasamos la tarde en ese mar, con unas cervezas Medalla, luego al departamento de Etnairis a cambiarnos. De allí hacia una plaza que está frente al mar donde casualmente se llevaba al cabo el Jazz Fest, ese día del mes. Parte de la noche la pasamos allí, luego deberíamos salir hacia una última lectura en un lugar emblemático del Viejo San Juan: el Newyorrican Café (el original en Nueva York fue iniciado por el enorme poeta puertorriqueño de culto Miguel Piñero). De allí regresamos al hostal de madrugada, era la última noche en Puerto Rico.









De regreso de Mayagüez, con Vilma Reyes, directora del Festival.






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Las placas de Puerto Rico.






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La Playa de San Juan de Puerto Rico.






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De izquierda a derecha: Etnairis Rivera, mzp, Salvador Medina Barahona, Frank Báez, Robert Max Steenkist y Esteban Charpentier.






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Noche de Jazz Fest en la Ventana.






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Peligro, Tsunami.






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En el emblemático Newyorrican Café.






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Crónica del viaja a Puerto Rico. Día 8, lunes 28 de marzo.

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Antes de salir al aeropuerto tuvimos oportunidad de regresar por última vez al Viejo San Juan de día. Recorrer sus calles, presenciar sus edificios coloniales, su muelle y su fortaleza, era la despedida ideal de la isla que nos había tratado tan bien por una semana entera. Nos tocó coincidir en el mismo avión hacia Panamá a los poetas Robert Max Steenkist, Salvador Medina Barahona, Nelly Córdova, Carlos Villagra, Frank Báez y yo. Antes de que el avión saliera del puerto, Robert Max y yo buscamos por todos lados un trago de Pitorro (la bebida ilegal de Puerto Rico, hecha únicamente en casa y de la que está prohibida su venta pública porque no grava impuestos), la cara de sorpresa de todos a los que preguntábamos por un Pitorro era, de alguna forma, un broche de oro. Llegando a Panamá nos despedíamos por última vez, cada quien tomaría un vuelo a sus respectivos países, se hicieron presentes los abrazos y la breve ráfaga de nostalgia que a algunos nos dura hasta hoy día. El Festival Internacional de Poesía de Puerto Rico terminaba para nosotros como una experiencia que no olvidaríamos jamás, regresábamos con la sonrisa siempre presente de los puertorriqueños, con el deseo vivo del pueblo por tener un Puerto Rico soberano, que no siga sujeto al yugo del sistema económico norteamericano, veníamos cargados de su pasión por la poesía, de todos los abrazos que nos prodigaban sin habernos siquiera visto antes, con los ojos llenos del azul de su mar Caribe, con el paladar plagado de sus sabores, regresábamos llenos de libros obsequiados y con la certeza de haber encontrado nuevos hermanos que nos seguirán acompañando siempre en este nuestra construcción de la poesía.


Llegaba a México por la noche y para no variar, al bajar se me notificaba que la caja improvisada que me había visto obligado a hacer para transportar todos los nuevos libros en el avión tenía que ser, por su carácter sospechoso, revisada por los perros antidrogas; la revisión me tomó otros cuarenta minutos, al terminar me tranquilizaba que los perros entrenados movían la cola en señal de seguridad, estoy seguro que por su olor conocían el contenido y eso los alegraba: era una inofensiva caja llena de poesía.


Mario Z Puglisi

lunes, 4 de abril de 2011

Noche en el D.F.


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Tras la lectura en el bar El Templo, y una noche antes de salir hacia el Festival Internacional de Poesía de Puerto Rico, tuve oportunidad de visitar el Monumento a la Revolución y caminar la ciudad de México de noche. Por cierto esa fue la noche de luna llena más grande después de algunas décadas. Abajo algunas fotos. -